FOTOS INFIELES

La fotografía se ha presentado como una disciplina artística capaz de retratar -y guardar- instantes y situaciones, con `personas o sin ellas, . Así, se ha convertido en un documento insoslayable, Pero realidad, por suerte, no hay una sola. Un artista del NOA plantea así su trabajo.


Por y de Ernesto Klass

(desde Tucumán)







Hace poco, la investigadora alemana Janinne Krüger publicó un libro sobre la historia del bandoneón, y esa experiencia me llevó a repasar algunas de mis propias producciones fotográficas humorísticas con el instrumento que respira.

Comprobé que había más de las que recordaba, y que fueron apareciendo en un lapso de cinco años, incluidos los del período de la nefasta cuarentena.

En una de ellas, el bandoneón es un respirador que utilizo para ir a comprar el pan a la esquina, justamente, en tiempos de encierro. Me dijeron que la imagen era “steampunk”, por la máscara, lo maquinal, lo estrafalario y el tubo inconcebible que transporta el aire. Puede ser.

En otra, un fuelle sin aire (cerrado), pequeño y con piernas humanas, se infla y aumenta la estatura: “dio el estirón”, afirmo orgulloso en el pie de foto.

Hay también una imagen en la que el fuelle “en sí”, es decir la parte del instrumento que se abre y se cierra con el aire, construida con un cartón especial dotado de pliegues, punteros y punteras, es desmesurada y larguísima, al punto de que un extremo de ella está apoyado sobre una silla distante a unos tres metros del músico. El título, a tono y en paralelo con esa extensión, es “Adiós Noniiiiiiiino”.

Hay también un bandoneón que lleva  pechera y correa para perros, listo y contento para salir de paseo con su dueño. 

Son veredas creativas que conectan elementos impensados y forman parte de mi día a día artístico. La bandoneonística es solo una de las puertas creativas; hay levitadores, cuatrillizos de mí mismo, enanos corriendo cuando comienza el conteo de “la escondida”, ingreso a pinturas enmarcadas de mi casa –una de ellas es una fonda con espadachines- ; y en sentido contrario, el escape de esos espadachines hacia la sala donde estoy, para seguir con la disputa en este lado del mundo, como los personajes de La Rosa Púrpura de El Cairo, de Woody Allen.

En general no hay citas ni homenajes en mis obras, pero todo lo leído y lo transitado convergen en cada segundo creativo, ese sobresalto magnífico en el que resplandece una idea que luego hay que concretar y pulir. 

A diferencia de los artistas de los semáforos, pero no trago fuego. Llegado el caso, levito. 






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