LO QUE VÉ Y LO QUE SE MIRA
El ojo puede ser -lo es, de hecho, el más tirano de los sentidos, condiciona a los otros por antecederlos en el contacto humano. Una de las razones de la importancia de la estética es, obviamente, visual pero ello da lugar a errores graves. No es, como se suele decir, la apariencia. Por el contrario, eso que se ve es, cuando la obra esta lograda, la parte de afuera de lo de adentro Hemos elegido para ejemplficar el tema, a Stanley Kubrick, maestro que inspirado en la pintura, da lugar a su obra maestra, Barry Lyndon.
Oda al deleite estético
«En medio de un cine cada vez más preocupado de
la acción, y la indisciplina de lenguaje e interpretación, Barry Lyndon
se desplazaba hacia el ritmo más pausado de otra época, en la cual los apetitos
y ansias animales doblaban sus músculos contra las constricciones de una
sociedad ordenada. (…) Si hay alguna película que refleje la visión de Kubrick
de un mundo bajo el control racional, es sin duda Barry Lyndon. (1).
Stanley Kubrick pasará a la historia del cine por
ser uno de los directores más polifacéticos aunque menos prolíficos que el ya
no tan joven medio nos ha dado. Esta poca proliferación, pese a constituir un
signo de preocupación para él mismo, es simplemente un reflejo de la
obstinación y el perfeccionismo que envolvía todo lo que el director emprendía.
De todos es conocido su carácter excesivamente meticuloso y controlador de cada
uno de los aspectos que incumbían a sus filmes, de manera especial de todos
aquellos que constituían la parte técnica de elaboración. Kubrick llegó a
controlar (a partir de Senderos de Gloria/Paths of Glory, 1957)
todas las etapas de elaboración de sus películas, desde la idea hasta la exhibición
en cines y en televisión, llegando ejercer su poder de decisión sobre las
condiciones en las que se proyectaban las películas en las salas de diversos
países. Era éste un privilegio del que han gozado muy pocos en la complicada
industria hollywoodiense, y por ello Kubrick ha sido siempre considerado
como un auteur en toda regla, pues no hay un solo detalle en sus
películas que escape a su revisión y control. La confianza absoluta que la
Warner depositó en las obras del realizador, y la que también le había
profesado anteriormente la MGM, sólo es explicable por el alto nivel de
rentabilidad de sus filmes, acompañado éste por una calidad inigualable. Ambas
cualidades, sobretodo la primera, permitían que los directivos de ambas
compañías se armasen de paciencia ante el perfeccionismo del director, ante sus
excesos con el presupuesto y ante las durísimas condiciones a las que sometía a
todo el equipo de producción durante los rodajes, con la seguridad de que el
producto que provocaba el riesgo era sin lugar a dudas una obra de arte. Y así
ocurrió con Barry Lyndon, aunque supuso en este caso el único fracaso en
cuanto a recaudación se refiere en la carrera del director.
Barry Lyndon está basada en una novela
escrita en 1844 por William M. Tackeray, Memorias y aventuras de Barry Lyndon.
La novela narraba en forma de falsa autobiografía el ascenso y caída de un
héroe -en este caso se trataba de un anti-héroe-,
Redmond Barry, un hijo de campesinos que cree descender de una de las familias
más nobles de Irlanda. Barry vive con la obstinación de conseguir por todos los
medios acceder al grado social que según él le corresponde, y para ello no duda
en utilizar todos los métodos puestos a su alcance. Después de participar en la
guerra de los Siete Años, yendo de ejército en ejército tras deserciones
frustradas, y habiendo conseguido los contactos adecuados, Barry decide
entonces conquistar a una riquísima heredera de la corte de Jorge III, la
condesa de Lyndon. Una vez conquistado su objetivo, Barry, ahora llamado
Lyndon, sigue con sus corruptas costumbres, haciendo desgraciada a la pobre
condesa y pretendiendo, esta vez aconsejado por su madre, obtener un título
nobiliario propio. Pero las cosas no saldrán como él pretende, y tras diversas
desventuras, Barry irá cayendo en desgracia, originada ésta su repudio por
parte de los cortesanos y la nobleza a la que él tanto veneraba, y que finaliza
con el hundimiento definitivo en la miseria, tras ser expulsado de su casa y de
la vida que él tanto anhelaba.
En la novela de Tackeray, el personaje de
Lyndon es mucho más frío y despiadado que en el film de Kubrick, aunque subyace
también el él un cierto espíritu benevolente que impide que el rechazo del
lector hacia él sea total. El tono humorístico en
algunas escenas de la película y también del libro, pese a acompañar la idea de
que Lyndon es un tirano, consigue que sintamos cierto grado de empatía hacia el
personaje. En la novela, Lyndon narra la historia en primera persona, hecho
siempre muy difícil de adaptar y que hizo optar a Kubrick por la utilización de
una voz en off impersonal, no identificada con el personaje de Lyndon, sino con
un narrador extradiegético. Esta voz en off provoca distanciamiento hacia el
espectador, convirtiéndole en un mero voyeur de los hechos mostrados, pues
anticipa a menudo los acontecimientos.
Junto a O’Neal, Marisa Berenson fue la
Condesa de Lyndon. Esta lánguida e inexpresiva actriz no se parece mucho a la
sufridora e histérica Condesa de la novela. A la Berenson le falta garra para
interpretar a su personaje, pues deambula por la escena sin conseguir demostrar
apenas el enorme sufrimiento y sobre todo, la angustia que Barry le provoca. No
obstante, Berenson resulta muy adecuada a la estética del film, y su belleza
pausada y melancólica está muy en consonancia con las damas de las pinturas de
la época, cuyos cuadros aparecen como telón de fondo
en las estancias de los palacios. El resto de personajes actúan como apoyo, y
no es de destacar ninguno de ellos, a excepción quizás de Leon Vitalli, quien
resulta excesivo e incluso paródico en muchos momentos en su personaje de Lord
Bullingdon.
Kubrick dedicó muchos esfuerzos en la
elaboración de este film. Construida como un enorme tableau vivant, la película
no tiene absolutamente ningún plano que no esté perfectamente estudiado y
compuesto. Está claro que los excelentes colaboradores de Kubrick contribuyeron
al grado de belleza y perfección visual que demuestra la película, pero detrás
de todo es indiscutible la huella dejada por el perfeccionista Kubrick. No hay que olvidar que Barry Lyndon fue de hecho el resultado
de materializar toda la información adquirida en la preparación de uno de los
que serían sus proyectos frustrados, la malograda versión de Napoleón que
Kubrick nunca llegó a realizar y para la que había empleado un enorme esfuerzo
de documentación previa sobre la época post-revolucionaria. Para el diseño de
producción, uno de los Óscars que conseguiría el film (2), Ken Adam tuvo que
batallar con los caprichos de Kubrick, quien exigía una fidelidad de
localizaciones exacta para la época. La película fue rodada en castillos del
siglo XVIII, lo que complicó enormemente la iluminación, que además Kubrick
exigió que fuese lo más natural posible. John Alcott, el director de
fotografía, se las vio y se las compuso para iluminar a la luz de las velas,
cosa imposible de no ser por una iluminación auxiliar invisible y sobre todo
por la utilización de una lente Zeiss que consiguió Kubrick directamente de la
NASA. Esta lente permitía una abertura de diafragma enorme, lo que posibilitaba
trabajar en condiciones de iluminación escasas. La consecuencia negativa fue la
escasa profundidad de campo que se conseguía, hecho que limitaba el movimiento
de los actores. Pero este hieratismo ya le iba bien a Kubrick, quien tomando
como referente las pinturas de ingleses de la época, como Gainsborough o Romney
quería retratar una sociedad pausada y aburrida, por lo que el ritmo y las
composiciones no podían ser de otro modo. Es curioso que ante tanto
naturalismo Kubrick utilizase uno de los elementos de lenguaje audiovisual más
rechazados por el cine, el zoom, por la deformación de la perspectiva
que provoca y el aplanamiento de la imagen. No obstante, como dice Scorsese
(3), este aplanamiento no hace más que recordar de nuevo la bidimensionalidad
de las representaciones pictóricas, y ciertamente la utilización escasa de planos
cortos, el vestuario directamente imitado de las pinturas, la iluminación
empleada y hasta las “poses” de los actores (qué bello es el plano de Barry
ebrio junto a unas prostitutas, como si estuviese posando ante un pintor para
la representación de una imagen mitológica de Baco), hacen que Barry Lyndon
sea un ejemplo genial del cine llevado a la máxima expresión artística. Como
siempre en Kubrick, la importancia del travelling es muy destacada, como en las
escenas de batalla o en la irrupción de Lord Bullingdon en el palacio de los
Lyndon para enfrentarse a su horrible padrastro.
La representación pictórica está acompañada
asimismo por una teatralidad acusada de las interpretaciones. Existe en el film
una bellísima coreografía interpretativa estudiada hasta el mínimo detalle. Las
escenas de guerra son un claro ejemplo de ello, y desde luego, el concepto de
teatralidad dieciochesca es enfatizado en la escena de la partida de cartas, en
la que Lyndon/Berenson bordan una interpretación que no necesita de palabras,
tan sólo de miradas, y en la que el resto de personajes, con sus maquillajes y
pelucas, actúan como si de marionetas se tratase, asistiendo a la partida como
tétricas figuras fantasmales. La escena siguiente, en la que los protagonistas
se besan sin mediar aún palabra, podría ser directamente extraída de cualquier
representación teatral, y hasta la terraza del castillo se presta a ello.
Kubrick nunca destacó por ser un gran
adaptador de guiones. Preocupado más por el estilo visual y sonoro de sus
filmes, Kubrick rodaba las secuencias sin haber desarrollado un adecuado
trabajo previo de escritura. Así, el guión lo iba configurando poco a poco,
dando rienda suelta para ello a la participación de actores o colaboradores,
con lo que en algunos casos los guiones de sus filmes llegan a pecar de falta
de impulso narrativo. Pese a ser nominada a la categoría
de guión adaptado, Barry Lyndon, al igual que 2001, desarrolla un ritmo muy
pausado y en muchas ocasiones ciertamente tedioso. Pese a la justificación
en el caso de Barry Lyndon de que Kubrick intentaba con ello recrear un siglo y
una sociedad lentos y “aburridos”, este elemento se hace para muchos excesivo
en muchos momentos del film, aunque el goce estético de cada uno de los
detalles audiovisuales compense de largo esta linealidad narrativa.
Pese a
estos detalles relativos al guión, se puede afirmar sin caer en el error que
Kubrick consiguió con Barry Lyndon una obra maestra. Presente en cualquier
resumen sobre la historia del cine, la película es uno de los mejores ejemplos
de lo que un realizador con talento puede llevar a cabo si la libertad de creación
se lo permite. Barry Lyndon se rodó a lo largo
de dos años, y pese a tener un exceso de presupuesto de once millones de
dólares, no recuperó ni de largo en su recaudación tan enorme gasto. Pero esto,
aunque constituyó para Kubrick una enorme decepción, no provocó afortunadamente
que se le retirase el apoyo económico necesario en la realización de sus obras,
y aún tendrían que llegar otras excelentes películas que demostrasen que
Kubrick fue y siempre será uno de los mejores realizadores de la historia del
cine.



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