QUÉ DECIMOS CUANDO REÍMOS por Chúmbale
Hace un rato, un buen rato en verdad, que estoy curioseando en Facebook viendo desfilar multitud de acciones, avisos y propagandas, noticias, reflexiones filosóficas y opiniones políticas con varias personas que aparecen en cada una de las mencionadas, siendo, como es normal, muy pocas las que le importan a cada mirador, sea el que escribe u otro. Lo que me llamó la atención, me hizo pensar y, finalmente escribir, fue la risa. Y el título obvió algo más que importante: ¿qué callamos? En esa instancia del je je ja já, cada sufrido argentino podría preguntarse, ¿si todo está tan mal como está, por qué la risa ocupa tanto lugar?, suponiéndola un síntoma de alegría que en nuestros días brilla por su ausencia.
Cuando lo pensé, me abrumó comprobar que la inmensa mayoría de los periodistas, comunicadores, presentadores o lo que sea, reían aparentemente con ganas y, con muchas, exageradas ganas, sea cualquier tema el que los ocupaba. Y resulta preocupante la banalidad con que se utiliza un gesto tan noble y tan vital. En los años 70, Nacha Guevara cantaba un tema, De qué se ríe? señor ministro, de qué se ríe?, aludiendo a la frivolidad de la foto en un diario, de un funcionario en momentos álgidos, de años terribles.
Los medios y la dictadura de la imagen
Caprichosamente creo recordar, tal vez sin razón, que en otros tiempos había y se usaban muchisimos más espejos. Tal vez este disloque se inició en los
años 50, con la fantástica aparición de la televisión y su maldita influencia,
educacional, formativa y conceptual. Del hombre que, subido a una terraza,
movía torpemente una antena y a los gritos preguntaba si se veía con más o
menos rayas hasta el individuo que mira una película en su diminuto celular, ha
corrido mucha agua, abajo y arriba del puente.
Al llegar a esta instancia debemos ponernos serios para revisar la falta de seriedad que campea en las variadas formas de comunicación y, supuesta, información (forma-ción) que hoy domina la palabra pública, donde (con alguna excepción), sobra el ruido y canta ausente el concepto. Sabemos, en esta sociedad tan analizada, que la risa suele ser un recurso para tapar la ignorancia o el desconcierto y hemos oído acerca del chiste y su relación con el inconsciente, que indagó Freud, bueno, en estos tiempos en que la felicidad vale más que todo y el buen tiempo sólo se reconoce en el sol pleno, podríamos revisar los modos que imperan en la sociedad.
Hace un tiempo me invitaron a ver Elogio de la Risa, un espectáculo unipersonal con el excelente actor Juan Leyrado, donde se hacía un reconocimiento de las virtudes energéticas y sanadoras de la risa, no exento, por supuesto de la ironía que balanceaba lo que se afirmaba. El espectáculo, cómo no, provocaba sonrisas. Diferencias básicas: 1- una sutil diferencia entre carcajada grosera y sonrisa sutil 2- esto era una obra de ficción y 3- al teatro se va a entretenerse y, en cambio con los medios gráficos, radiales o televisivos el público pretende informarse y se encuentra con los pseudo-todo, los que hablan de guerras pasan avisos comerciales y la mayoría de comentaristas deportivos se ríen de sus chistes, juegan a la pelota en el estudio, y portan patentes de piolas, llámense, corresponde nombrarlos, Pollo Vignuolo, Chavo Fuck, el profe Pellegrini, Gustavo López y muchos chantas más, un compendio de ignorantes dando muestras de la mediocridad reinante que, por supuesto es fomentada por los espectadores de la misma manera que aceptamos la mediocridad de la mayoría de los políticos que nos representan. Y todos quieren que nos riamos y les conviene si lo hacemos y escondemos la complicidad tras la risa. Porque, digámoslo, somos cómplices cómodos y hasta co-autores de este zafarrancho cultural que azota el siglo XXI.
Un detalle, puntualicé actor cuando nombre a Leyrado porque es eso,
alguien que interpreta un papel en una ficción frente a esta troupe de
mediocres que me ocupa, de políticos a comentaristas de fútbol, incluyendo
médicos y abogados de TV que pretenden actuar y dan lamentables personajes,
ellos son, y deberían comportarse como reales que son. Y deberían ser
serios. Y profesionales. La banalidad de la risa se ha instalado en los medios audiovisuales y los que se ocultan atrás de ella, reprochan la mala onda de los que no se plegan a ese festival de la idiotez. La crítica casi no existe y la seriedad está mal vista. ¡Viva el carnaval!
Curiosamente, debemos anotar que en el deporte en general, pero el fútbol, el más popular de ellos, en particular, es donde más importancia tiene la influencia de los espectadores críticos. Si bien la tónica de los tiempos exige ganar, hay un alto grado de demanda de hacer las cosas bien. El público, neutral, y los hinchas piden y reclaman que su equipo juegue bien, que den un espectáculo. Donde están los mejores jugadores de fútbol, de básquet, de rugby, hay más público, más dinero y todo anda un poco mejor. Un país con una mejor cultura cinematográfica, produce mejor cine. Es casi simple. Mejor cine y…en esa línea se puede continuar… Sorprendentemente el fútbol, su ambiente machista, que no goza de buena prensa, ha dado pasos impensados hace pocas décadas, con el notable impulso a la integración de las mujeres en su práctica, organizada y profesional.
Y, pensándolo, puede que, a fuerza de tanta carcajada mal nutrida, complaciente y fingida, se haya perdido la seriedad. Cacho Fontana y Antonio Carrizo, entre otros, que eran solo animadores de televisión y educaban con el ejemplo, se levantarían indignados de sus tumbas ante la lastimosa mediocridad reinante. Pero claro, era recién el siglo veinte y no habíamos llegado a la democracia comunicacional que tanto daño hace. Y la entronización de estos aprendices puestos en el peligroso lugar de la intermediación entre lo que sucede y el público, degradan la calidad de vida de la sociedad, cuando sin ponerse colorados y con el mismo tono hablan de la guerra en Ucrania, el partido del domingo y nos aconsejan donde cambiar las joyas o comprar el auto al tiempo que anuncian un último momento trágico en una ruta. Citamos reiteradamente al periodismo deportivo porque tiene infinidad de programas, todos los días mañana tarde y noche, con repeticiones por si algún televidente pudo escapar. Por suerte o por conciencia, esto no siempre fue así. Los programas y las trasmisiones eran más recatadas y la invasión era menor y los periodistas deportivos, que los había, eran dignos. Julio Ricardo paseó su dignidad por todos los medios, al igual que Elías Sojit, Enzo Ardigó o Macaya Márquez, sin olvidar a los Bonadeo, padre e hijo. Parece ser que el dinero trae la vulgarización, a medida que el negocio creció (el fútbol mueve más dinero que la droga) y, con ella, el imperio de lo basto.
Si las revoluciones, y parece que también los golpes de estado, han pasado de moda, será la hora de la indignación ciudadana con aires discepolianos, la que deba imponerse y pegar el grito que detenga a los bárbaros que se están imponiendo.
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